América

El destino de la semana: Nueva York

Central park en un dia lluvioso

Ahora que estamos en pleno verano y se nos abren las posibilidades de hacer un  gran viaje en el que disfrutar un buen número de días, Nueva York se convierte en uno de los destinos favoritos de aquellos que deciden viajar al extranjero.

La llamada capital del mundo impresiona a primera vista, como una bofetada de dimensiones inconcebibles. Dicen que puede distinguirse a aquel que recae por primera vez en la Gran Manzana por su capacidad para llevar el cuello estirado buscando un objetivo visual mucho más allá de la línea de su mirada y es que Nueva York es una ciudad vertical, apabullante por sus rascacielos, inabarcable por sus luces infinitas y titilantes e inasible para todos aquellos que la visitamos desde ciudades de menor tamaño,  ciudades que a nuestra vuelta nos parecen barrios de la gran urbe.

En verano es maravilloso dejarse caer por Central Park, por esa condición que uno no entiende de Nueva York hasta que la vive unos días, por su sensación de multiespacio siempre vivible, por su perfecta adaptación a las necesidades diarias de todos los públicos, por su concepción como lugar para exprimir al máximo, siempre al servicio de sus ciudadanos, tan vitales y fogosos.

Central Park tal vez no sea el parque más hermoso del mundo, pero si es el que genera un asombro más genuino desde la sana envidia de ver un partido de beisbol en alguno de sus diamantes familiares, o desde la admiración de su pequeño zoo urbano en el que disfrutan los niños, o simplemente desde el  gozo con esa pradera verde infinita en el que el deporte, el descanso  o el mero paseo son una pequeña celebración del espíritu de la ciudad.

Nueva York es sensacional en verano para acercarse a la orilla del río Hudson y ver una puesta de sol junto a esa persona especial que conocemos. Es mágica en Grant Park, donde el cine de verano al aire libre se convierte en una fiesta de sus habitantes para festejar que aún si poder salir de su alargada silueta, esta ciudad les sigue pareciendo el mejor lugar donde recordar una peli de Woody Allen o de Casavettes.

Es lúdica y divertida en ese de 4 de Julio que nos repele y atrae con la misma fuerza, porque sus fuegos artificiales al caer la noche son una catarsis de celebración que nos parece la de los luchadores del asfalto que cada día celebran haber superado una pelea más con sus calles, como guerreros gritando alto que viven en el centro del mundo.

Y es inolvidable en ese Brooklyn que nos recuerda a los barrios de nuestra infancia, que rebaña a mordiscos una parte magnífica de autenticidad de la excesiva y comercialmente agresiva Manhattan, que en sus restaurantes, tiendas o terrazas respira verdad en cada uno de sus poros, la verdad de quien retiene la vista más privilegiada de ese skyline con el que parece que soñamos desde niños, con el que no dejamos de tener la boca abierta como la primera vez que nos descubrimos empujados en Times Square y vimos la risa de comprensión de quien nos descubrió emocionados con nuestra boina calada de turista pequeño y lloroso.